El ladrón de líneas, un relato de BLANCA MOREL
On 9 julio, 2019 | 0 Comments

Una de las breves historias que componen MISIÓN SECRETA, libro editado por MALBEC

El ladrón de líneas es el título de uno de los relatos que integran MISIÓN SECRETA, el libro de la escritora Blanca Morel, editado por MALBEC EDICIONES, dentro de su Colección Matrice.

Pasen y lean:

EL LADRÓN DE LÍNEAS

Las escaleras mecánicas ascendían lentamente. Estaba demasiado cansada para subirlas a pie y me acomo­dé en mi peldaño hasta que se lo tragó el suelo. El me­tro, abarrotado como todos los días de lluvia. Un calor húmedo y pegajoso llenaba su interior. Seres anónimos ocupaban el andén en espera del tren que los llevase a su destino. La luz del vagón iluminó el final de la estación.

Nos agolpamos mientras la máquina se acercaba. Las puertas se abrieron justo enfrente de donde me había situado. Empezó a salir gente y cuando parecía que ya no iba a salir nadie más, entré. Alguien que se había quedado rezagado salió bruscamente, se chocó conmigo y nos miramos a los ojos. Sentí cómo me cogía la mano. La apretó de forma delicada, con una presión suave. Un tacto viscoso, caliente y húmedo impregnó mi piel mientras su rostro me guiñaba una sonrisa de suprema imbecilidad. Salió del vagón y las puertas se cerraron. Me quedé asqueada por ese hombre que había invadi­do mi territorio. Aquella mano que segundos antes me rozaba impúdica, seguía presente. Solo pensaba en lavarme, deshacerme con agua y jabón de ese instante gra­bado en mi piel. Me froté la mano con fuerza por dentro del bolsillo del abrigo. La gente seguía ahí sin saber lo que había pasado, presa de un sopor inconsciente, gregaria y sumisa hacia un mismo destino. Al llegar a la estación de Arcadia me di cuenta: habían violado mi identidad. Por un momento salí de mi cuerpo y fui espectadora de lo que había ocurrido. El apretón de mano, su sonrisa de imbécil, mi mano inmóvil aceptando la violencia de ese contacto repugnante. Ese momento me pareció la pieza de un puzle que no encajaba. Sentí como si un cáncer o un parásito se hubiera metido dentro de mí y no pudiera hacer otra cosa más que arrancarlo. Un hombre que leía el periódico se levantó para salir en la siguiente parada. Ocupé su asiento y saqué la mano del bolsillo. La abrí lentamente para ver mi palma, para confirmar que la marca que había dejado el necio solo estaba en mi men­te, no en mi carne. Sin embargo, la palma de mi mano era distinta. La apreté con fuerza y la volví a abrir. No había duda, era mi mano pero ¿por qué no la reconocía? Era como si ese hombre hubiera dejado su impronta en mi piel. Pero no era mi mano la que había cambiado, eran mis líneas. El calor húmedo del vagón empezó a resultarme insoportable. «Próxima estación Puente de Piedra», anunció la megafonía. No sabía qué hacer. La gente seguía ahí, aferrada a sus asientos, a sus caras. Un macarra guardaba sus asquerosos pies en unas botas de puntera infinita que se me clavaban en los ojos. Sentada a su derecha había una monja de rostro desvaído.

La pareja perfecta, pensé. Se intercambiarán las botas y el rosario y joderán como monos.

Llegamos a la siguiente estación. La monja abando­nó el asiento. Mientras las puertas se abrían me fijé en un anuncio del andén: «Si no sabes quién eres, nosotros te lo diremos.»

Las líneas proseguían mutando. La línea de la vida era corta y profundamente marcada. No tenía nada que ver con la mía, larga y curva. Esta, oscura y recta, la ha­bía suplantado, se había metido en mis entrañas como una sanguijuela dispuesta a robarme mi vitalidad. Quería recuperar mis líneas. No me importaba su significado ni sabía siquiera si realmente lo tenían pero eran las mías y en ellas estaban mis sueños, mi existencia. Pensé en una ridícula escena en una comisaría diciéndole al poli de tur­no que un hijo de puta me había robado las líneas de la mano. Sentí ganas de reír, pero al mirarme la palma, la evidencia me volvió a la realidad. Me quedé perpleja. La línea de la vida había disminuido todavía más. No sé el tiempo que estuve mirando la línea fijamente, pero suce­día. Disminuía poco a poco y no solo la línea de la vida sino todas las demás se iban diluyendo. Toda la infinitud de pequeñas líneas que se habían apoderado de mi mano desaparecían sin dejar rastro. Jamás despertaría de esa pesadilla a no ser que esta concluyera con la muerte. El metro seguía su trayecto y mi vida también, cada vez más corta, más tenue. Conforme el tren iba avanzando así lo hacía la línea pero en sentido contrario, volviendo al ori­gen, al punto de partida donde desaparecería para siem­pre. Me imaginé corriendo por el negro túnel, intentando ganar espacio a un maquinista atroz que me perseguía a bordo del tren de la muerte, atropellándome como a una rata al llegar a mi destino: Julio Verne. Otra parada más: Reconquista. Las puertas se abrieron y mi línea, práctica­mente inexistente, a medio centímetro de su confluencia con la tenue línea de la cabeza, paró su trayecto. El metro paró y la línea también. Aquella línea disminuía a medida que el tren avanzaba y paraba su recorrido cuando el tren lo hacía. Por un segundo tuve una visión esperanzadora, si bajo del tren puede que aún pueda conservar parte de mi vida. Pero estos pensamientos fueron demasiado lentos. Cuando solo tenía en la cabeza abandonar el vagón, las puertas se cerraron. Me quedé pasmada, con una imagen que me miraba desde el cristal de la puerta y que reconocí con pena. ¡Era yo misma dejando de ser yo misma! Tenía que hacer algo pronto, miré la línea y esta volvió a de­crecer. El resto de las líneas habían desaparecido casi por completo. Tenía el cerebro abotargado, no podía pensar nada, tenía que bajar de aquel vagón, pero cómo. Intuía la presencia de la muerte al llegar a mi destino. Quedaba un minuto escaso. Vi unas letras rojas que me dieron la solución: «utilizar solo en caso de estricta necesidad, el uso indebido será sancionado». Era mi última oportuni­dad. Cogí la palanca y tiré con fuerza una vez, dos veces, tres veces, pero no sucedía nada, el freno de emergencia no respondía.

—¡Quiten a esa mujer de ahí!, se ha vuelto loca, pero ¿qué le pasa?

Un hombre intentó disuadirme de frenar el vagón, sin embargo, yo seguí tirando una y otra vez.

—¿Es que no lo entiende?, voy a morir. Tengo que parar esto. ¡Quiero vivir! Mire mi línea. ¿Ve cómo desaparece?

«Próxima estación Julio Verne». Esa información inapelable me hizo recuperar la serenidad. Me quedé atontada, inmóvil, esperando mi destino. El tren llegó a la estación. No sabía qué hacer. Podía seguir en el vagón a ver qué pasaba o bajarme de él. ¿Cuál era la respuesta correcta? ¿Salir o quedarme, salir o quedarme, salir o que­darme? Las puertas se abrieron y la gente comenzó a salir. Intenté huir pero no pude, no quería cruzar el umbral de la puerta mecánica. En un arrebato decidí abando­nar aquella jaula. Al cruzar la puerta un hombre se chocó conmigo. Le cogí la mano, no de una forma brusca sino lentamente, haciendo una presión suave. Y salí corriendo.